Noé tenía tres hijos: Sem, Cam y Jafet, y cada uno de ellos tuvo muchos hijos e hijas. Después del diluvio se fueron multiplicando y, naturalmente, iban habitando lugares cada vez más distantes. Previeron que con el tiempo se irían distanciando unos de otros, y, entonces, se les ocurrió construir un monumento: “Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos, y hagámonos famosos por si nos desperdigamos por toda la faz de la tierra”. Y comenzaron los trabajos.
A Dios no le agradó el proyecto de los hombres, porque prácticamente era un acto de soberbia y se dijo: “He aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible. Ea, pues, bajemos, y una vez allí confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo”.
Y así lo hizo. Al no poder entenderse, abandonaron la obra y se dispersaron.
No se ve muy claro en qué consistió el pecado. Parece ser el del orgullo, la presunción humana que lleva a confiar en sí mismos y a olvidar al creador. Los hombres se proponen construir algo grandioso, símbolo de su fuerza y de su poder. Tenían sed de gloria, no de gloria de Dios, sino de sí mismos. Y Dios, con un acto sencillísimo, los humilla y les impide continuar la obra confun-diendo sus lenguas.
La Biblia narrada a niños de 9 a 99 años, Justino Beltrán
No hay comentarios:
Publicar un comentario