Menú

Buscar

25 jun 2018

INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA #4- JAVIER SÁNCHEZ-COLLADO

2. LA VERDAD Y SU CONOCIMIENTO

2.3. EL PROGRESO COMO MITO

Como suele ocurrir, y aunque parezca increíble, este tipo de discusiones filosóficas no ha quedado recluida al ámbito de lo filosófico, sino que ha acabado impregnando la mentalidad del hombre corriente, a través de diversos sistemas de pensamiento y otros aspectos de nuestra cultura. Por ejemplo, se puede observar cómo uno de los refugios de este afán por la certeza ha sido la ciencia experimental, que nacía por la misma época en la que Descartes publicaba su Discurso del método (es contemporáneo de Galileo, cuyos trabajos le eran bien conocidos).

Es difícil hacernos cargo de la fascinación que provocó la aparición de la ciencia experimental, a medida que fue mostrando sus posibilidades: un saber que se revela como cierto, con una seguridad que parece que está fuera de todo arrebato escéptico, y que ofrece al hombre una capacidad de dominar la naturaleza como nunca antes había podido soñar. La verdad es que no era para menos, pues las ciencias experimentales son uno de los más grandes logros de la creatividad humana. Por eso no es de extrañar que la fascinación fuera excesiva, y que aparecieran así movimientos filosóficos que sostienen que el único conocimiento verdadero, seguro, es el de la ciencia. E incluso se llega a afirmar que no existen otras realidades más que las que puedan explicar las ciencias experimentales, que progresarán indefinidamente, y que ellas solas bastarán para traer la felicidad al hombre: una plena y universal felicidad. Quizá el movimiento más represantivo de esta mentalidad sea el positivismo, que tuvo una gran pujanza en la segunda mitad del siglo XIX, y que ha tenido algún coletazo posterior, como el del Círculo de Viena. En general, se puede decir que el positivismo y movimientos similares eran algo así como un “materialismo promisorio”: materialismo, pues pretenden explicar toda la realidad únicamente recurriendo a los elementos materiales (que son los que puede captar la ciencia). Y promisorio, pues –sin dar ninguna justificación- pedía una fe en sus posibilidades, y aseguraba que tal movimiento traería consigo la solución a todos los problemas humanos, la felicidad.

Aunque la mentalidad positivista o cientificista está muy extendida en la cultura de nuestra época, se puede decir que filosóficamente, el positivismo y el cientificismo están de capa caída: las ciencias han dejado de ser esa fuente de fe ciega, como lo fue sin duda para muchos de los hombres del siglo XIX. ¿Por qué ese cambio? Por un lado habría que tratar de razones filosóficas, y por otro de motivos históricos y, por decirlo de algún modo “existenciales” (algo así como un “desengaño vital”). De las razones filosóficas nos ocuparemos en otro lugar. Vayamos con las razones históricas y vitales.

Unas ilustraciones que se hallaban expuestas en cierta universidad pueden servirnos para entender hasta qué punto –casi ridículo- llegaba la mentalidad positivista. El grabado lo formaban dos columnas de dibujos: la de la izquierda representaban el “antes” y las de la derecha el “ahora” (estaba hecho a finales del siglo XIX, hacia 1890). Debajo de un carro tirado por un no muy brioso caballo se leía que “antes se tardaban varios días en transportar una mercancia de Londres a Manchester”, mientras que “ahora” –se leía bajo una “moderna” locomotora de carbón- “en sólo unas cuantas horas pueden transportarse toneladas”. 

De la misma manera, “antes se tardaban semanas en realizar un vestido”, tal y como se podía ver en el dibujo, donde una pobre costurera digna de Dickens se afanaba en su tarea. Pero “ahora, los modernos talleres textiles realizan...” Y tras hacer algunas comparaciones más como la de los herreros antiguos y las modernas industrias siderúrgicas, concluía con una última viñeta: “Antes, los hombres resolvían sus problemas por medio de la guerra”, sobre una escena de la guerra de Crimea (¡de un año tan cercano para ellos como 1854!). Y al otro lado, bajo un grupo de señores fumando puros amigablemente en su elegante frac, se leía que “hoy, en cambio, los hombres arreglan sus conflictos por medio del diálogo”.

No hubo más que esperar unos años para que “el hombre civilizado” demostrara en la Gran Guerra lo que podía hacer con toda la técnica moderna a su servicio. Y, por si a alguien le quedaba alguna duda, vendría luego la 2a Guerra Mundial, y la bomba atómica y la carrera de armamentos, los problemas ecológicos... Para buena parte de la intelectualidad europea, el conocimiento de las cifras de muertos de la Primera Guerra Mundial fue un mazazo que destrozó muchas ilusiones utópicas sobre el progreso indefinido y la absoluta felicidad terrena lograda gracias a la ciencia.

De alguna forma, esta crisis ya había sido anunciada por diversos filósofos y literatos. Entre estos destaca Dostoievski, crítico con esa mentalidad reduccionista del positivismo que pretende comprender al hombre de modo absoluto. En el siglo XX,  diversas corrientes artísticas, como el surrealismo, o la literatura del absurdo intentan transmitir esa experiencia de un mundo que se había prometido como un paraíso logrado por el progreso técnico, pero que, en cambio, es sentido como un lugar lleno de contradicciones y de sinsentidos. 

Por otra parte, estas desilusiones “extrínsecas” fueron acompañadas por otra serie de revoluciones científicas que cambiaron también la imagen que se tenía de las ciencias, que eran consideradas como el ámbito privilegiado de la certeza: su progreso no aparecía sometido a ninguna duda ni a ningún límite.

Si tomamos como paradigma la mecánica Newtoniana, aparte de la completa seguridad, probada durante más de dos siglos, parecía que podía suministrar un conocimiento absoluto del universo. La percepción del mundo era una percepción mecanicista, algo así como si el universo fuera una gran máquina, un reloj. Se decía que si se pudieran tener todos los datos del universo en un momento determinado (imaginemos un ordenador de grandísima potencia que fuera capaz de tener almacenados todos los datos del cosmos), se podría llegar a predecir cualquier suceso: no había límites para el progreso humano.

La nueva física (relatividad y física cuántica) rompe con esa percepción: en primer lugar, mostrando que la mecánica newtoniana no puede explicar los nuevos fenómenos que están apareciendo (no es válida para estudiar el átomo ni para distancias enormes). Muchos sintieron algo así como: “si no nos podemos fiar ni de la ciencia, de una construcción tan segura como la mecánica newtoniana, ¿de qué nos vamos a fiar?” Pero además de eso, se demuestra que es imposible un conocimiento mecanicista del universo. Existe un límite al conocimiento humano: ni está todo determinado mecánicamente, ni es posible llegar a tener todos los datos del universo, por más que progrese la ciencia (principio de indeterminación de Heissenberg). 4

¿Cuál es la conclusión de todo esto? El recurso de la ciencia, como ámbito donde parecía posible esa “evidencia infinita”, ha fallado. Ha fallado por dos cuestiones: en la ciencia cabe el error (en el siguiente tema aboradarmos esto con algo más de detalle), tal y como hemos comprobado históricamente; y, por otro lado, la ciencia no me garantiza una mayor felicidad, al menos de modo necesario. El hombre siente el peligro de que sus propias creaciones le dominen a él, de una manera o de otra. 

______________
4. Existe un cierto paralelismo entre la física y las matemáticas. En estos también se produce una “crisis de sistema” con la aparición de las geometrías no euclidianas, que demuestran que lo que durante más de dos milenios se había tenido como un axioma irrefutable, base de toda geometría, no lo era así en realidad. Se produce también una limitación a lo que podría ser una “visión mecanicista” de las matemáticas: el teorema de la incompletud de Gödel.

No hay comentarios:

Publicar un comentario