2. LA VERDAD Y SU CONOCIMIENTO
2.2 ¿C ÓMO PUEDO ESTAR SEGURO DE ALGO ?
El hecho de que alguna vez nos hayan engañado o nos hayamos equivocado puede hacer que nos planteemos esta pregunta de modo más acuciante, sobre todo si el error ha tenido especial importancia en nuestra vida.
No es lo mismo una confusión en un problema de matemáticas, que un desengaño grande por haber confiado en quien creíamos que era un buen amigo, o la decepción que podemos sentir ante unas ideas políticas que se demuestran profundamente equivocadas en la práctica. De hecho, todos tenemos una serie de verdades de las que estamos seguros. Pero puede ocurrir que alguna de esas experiencias de error o desengaño nos sumerjan en una cierta sima de escepticismo. (Aun así, cuando un “desengañado” afirma que “yo no me fío de nada ni de nadie”, no puede ser coherente con esa afirmación: se fía de las señales de tráfico, está seguro de que es cerveza lo que le sirve el camarero en un bar, no duda de que le despedirán del trabajo si deja de acudir a la oficina, etc.).
Esto mismo que puede suceder en la vida de una persona ocurre también en determinados momentos históricos, en la “vida” de determinadas sociedades o culturas. Hay épocas, normalmente aquellas en las que ocurren grandes cambios o transformaciones, en las que parece que cosas que siempre se habían tenido como absolutamente seguras no lo son tanto, o que se demuestran incluso como falsas. Suelen aparecer en tales situaciones diversos movimientos escépticos y se retoma con nuevos bríos la discusión sobre la verdad y, en concreto, la cuestión de cómo puedo estar seguro de algo, si ya he sido engañado anteriormente. Se trata, pues, del problema de la certeza: la seguridad que tengo de poseer la verdad.
Podemos afrontar este problema con un caso histórico del que somos claramente deudores en nuestra cultura: el pensamiento de Descartes. Este filósofo y matemático (él es quien idea el revolucionario diagrama cartesiano) vive a comienzos del siglo XVII, en una Europa que está sufriendo una de sus transformaciones más grandes: la unidad de la cristiandad se ha roto (por la aparición, en el siglo anterior, del protestantismo), las guerras de religión están en su apogeo (guerra de los Treinta años), y existe una marcada desconfianza en el poder de la razón para conocer la realidad y establecer conocimientos seguros (un escepticismo que proviene de la crisis del nominalismo de Guillermo de Okham). En fin, en tan envidiable situación, Descartes tuvo una especial ocurrencia al calor de una estufa, durante uno de los intervalos bélicos (entonces no se combatía durante los meses de frío, sino que las tropas se refugiaban en los “cuarteles de invierno”). ¿Por qué no intentar hacer un sistema filosófico y científico que fuera como las matemáticas, es decir, absolutamente cierto y seguro y del que no pudiera dudar nadie, ni el escéptico más escéptico que pudiera haber? Dicho y hecho: el joven matemático (o soldado, o filósofo) decide rechazar como falso todo aquello de lo que pueda concebir la más mínima duda. Y la verdad es que, puestos a dudar, se puede dudar de todo: de lo que me han enseñado, de lo que he aprendido, de lo que me dicen los sentidos (a veces creo que veo una cosa que no es cierta, como cuando parece que un palo que se hunde en el agua se rompe). Puedo dudar incluso de que existan cosas, es decir, puedo dudar de la existencia del mundo, que tal vez sea sólo una imaginación. Incluso de las matemáticas –esta duda sí que debió de costarle esfuerzo-, porque ¿y si existiera un genio maligno,un dios perverso que me hiciera ver como evidente lo que no es más que un error? Por ejemplo, podría estar “programado” para entender como absolutamente verdadero que 2+2=5, y en ese caso lo podría ver con una gran evidencia.
No sé si parece un argumento muy cinematográfico, pero resulta que en los últimos tiempos este mismo tema de la duda cartesiana no deja de estar presente en las tramas de algunos guiones tan famosos como el de Matrix. Cámbiese genio maligno por máquinas malignas y póngase un poco de ritmo, y el resultado es bastante parecido: todo lo que ves no es más que ilusión.
Curiosamente, en el “cine” de la época de Descartes también apareció un tema parecido (con algunos efectos especiales menos, eso sí): “La vida es sueño”, de Calderón de la Barca, escrita por esos mismos años, también se plantea el problema de cómo estar seguro de las cosas, cómo saber que el mundo no es una mera apariencia o sueño. Es decir, la cuestión de “¿y si estoy completamente engañado?, ¿y si todo es mentira?”
¿Cuál fue el resultado de la empresa cartesiana? Pues que, efectivamente, llega a algunas certezas de las que no puede dudar ni siquiera suponiendo que haya todo tipo de genios malignos por ahí sueltos: “Pienso, luego existo” 3 . Es decir, si tengo pensamientos, sensaciones, me puedo equivocar, sí. Por ejemplo, cuando veo una mesa puede suceder que esa mesa no exista, que no sea más que el producto de mi imaginación calenturienta, o del dichoso genio, o que sea un producto de Matrix. Pero de lo que no puedo dudar en ningún caso es de que tengo esa sensación. (Lo podríamos formular también de otras maneras: “si me equivoco, existo”). Ya tenemos una verdad indudable.
Podríamos obtener algunas otras verdades de las que tampoco puedo dudar, por más dudante que me ponga a ello (el principio de no contradicción, por ejemplo). Pero por ahí no se puede ir muy lejos. Descartes intenta obtener todos los conocimientos con la misma certeza y seguridad que su “pienso, luego existo”... pero la verdad es que no le sale muy bien. Su sistema filosófico no consigue ir muy allá que digamos en la obtención de conocimientos: es susceptible de numerosas críticas, y no sólo de las de los escépticos radicales.
Curiosamente -y no sin razón - a Descartes se le llama el “padre de la filosofía moderna”. Y es que, aunque su sistema no haya obtenido el propósito que perseguía, nos ha dejado, sin embargo, algunas herencias muy importantes. Entre otras, la obsesión por lo evidente: el hombre moderno quiere evidencia absoluta, como la de ese primer principio; y, si no hay evidencia absoluta, entonces considera que no es un verdadero conocimiento. Sigue la ley del “o todo o nada”. Por eso, si rastreamos la historia de la filosofía desde Descartes (simplificándola un poco, claro), parece como si fuera dando bandazos: los que intentan de nuevo hacer un sistema de evidencias plenas y absolutas, que son sustituidos por los que, al descubrir que eso es imposible, concluyen que no puede haber ningún tipo de seguridad, lo cual genera a su vez nuevos intentos de evidencias absolutas.... En cierta manera se puede decir que todos ellos comparten esa convicción cartesiana de que o hay plena certeza o no hay ninguna certeza.
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3. La célebre expresión cartesiana es “Cogito ergo sum”. Hay que aclarar que el término “Cogito” no se refiere exactamente a pensar intelectual: no quiere decir, por ejemplo, que si resuelvo un problema de matemáticas, entonces existo. La palabra latina tiene un sentido muy amplio: cualquier acto de conciencia como una sensación, una imaginación, un recuerdo...
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