CAPÍTULO 1. ¿CUÁL ES EL JOVEN DE CARÁCTER?
#1. Régulo en Cartago
Cartago envió una embajada a Roma para pedir la paz. Confióse la legación al romano Régulo, que estaba preso, y se le exigió el juramento de volver a la cautividad si la misión no alcanzaba éxito. Puedes imaginarte la emoción de su alma al ver de nuevo su amada Roma. Y habría podido quedarse allí, en su patria, definitivamente, caso de conseguir la paz.
¿Sabes qué hizo?
Fue él precisamente quién abogó con más ardor por la continuación de la guerra; y cuando el Senado le alentaba a quedarse, dando por motivo que el juramento arrancado a viva fuerza no obliga, contestó: «¿Tan empeñados estáis en que me degrade?
Bien sé que me esperan torturas y muerte al volver. Pero ¡qué cosa más de poca importancia es todo esto en comparación con la vergüenza de una acción infame, con las heridas de un alma culpable! Quiero conservar en su pureza el carácter romano, aun siendo prisionero de los cartagineses. He jurado volver. Cumpliré mi deber. Lo demás, dejadlo en manos de los dioses». Volvió a Cartago, y los cartagineses, en medio de grandes tormentos, le dieron la muerte.
¡Este era el carácter romano! Pues, ¿cuál tendrá que ser el carácter cristiano? No se puede pedir que todos los hombres sean ricos; ni que todos sean, sabios; tampoco que todos sean célebres; pero sí de todos podemos exigir que tengan carácter.
A pocos les es dado conquistar pueblos. Son pocos los que ciñen en sus sienes corona real. Pero tomar posesión del reino del alma, lleno de riquezas, y colocar sobre nuestra frente la corona del carácter varonil, es un deber santo, sublime, que todo hombre debe cumplir. Todo hombre, sin excepción. Muchos no lo cumplen. Pero tú, hijo mío, lo cumplirás, ¿verdad?
Mas el carácter no es un «premio gordo», que se pueda sacar sin méritos. El carácter no es un apellido de alta alcurnia que se hereda sin trabajo.
El carácter es el resultado de la lucha ardua, de la autoeducación, de la abnegación, de la batalla espiritual sostenida con virilidad. Y esta batalla ha de librarla cada uno por sí solo, hasta que venza. Magnífico resultado de la lucha será tu carácter. Lo que significa esta palabra quizá no lo comprendas por completo en este momento. Pero llegará el día en que se descubra ante el divino acatamiento la obra–cumbre de tu vida y se muestre, en su sublimidad sin par, tu alma en que tanto has trabajado; entonces se te escapará el grito de entusiasmo, como a Hadyn cuando oyó su obra intitulada Creación: «¡Dios mío!, y ¿soy yo el autor de esta obra?».
Homines sunt voluntates, dice con frase lapidaria y admirable San Agustín: «El precio del hombre es su voluntad».
De día en día crece el número de convencidos de que la escuela actual dedica excesivos cuidados al entendimiento de los jóvenes y olvida demasiado la formación del carácter, de la fuerza de voluntad del joven. De ahí la triste realidad de que, en la sociedad de los hombres formados, abunden también más cabezas instruidas que temples de acero, de que haya más ciencia que carácter. Y, sin embargo, el basamento del Estado, su piedra fundamental, no es la ciencia, sino la moral intacta; no la riqueza, sino el honor; no la vileza, sino el carácter.
Este libro quiere formar «jóvenes de carácter». Jóvenes que piensen de esta manera: «Una responsabilidad inmensa pesa sobre mí: un deber serio tiene mi vida. En mi alma están depositados los gérmenes del porvenir; he de caldearla con el escrupuloso cumplimiento del deber y con una vida ideal, he de cuidarla, he de procurar que se abra en una flor maravillosa para que dignamente pueda despedir su fragancia durante toda la eternidad ante el trono de Dios eterno».
Este libro quiere forjar «jóvenes de carácter» en un tiempo en que –al parecer– todo está revuelto y el mundo camina cabeza abajo en vez de ir sobre los pies.
Hoy la enorme y casi única enfermedad de la humanidad, semillero de todos los pecados, es la consunción aterradora de la voluntad; hoy, el no tener carácter pasa, en el sentir de muchos, como virtud de prudente adaptación a las circunstancias, y la negación de los propios principios es bautizada con el nombre de política real, y el perseguir el interés individual se llama interés por el bien común; hoy, cuando el hombre, que con sentimentalismo exagerado se ofende a cada paso, alardea de dignidad personal, y la envidia se viste con la careta de amor a la verdad; hoy se evitan los trabajos pesados, so pretexto de imposibilidad, y sólo se persigue la comodidad y los goces.
Pues, hoy, este libro quiere educar jóvenes cuyo carácter sea íntegro, cuyos principios de vida sean firmes y justos, cuya voluntad no se arredre ante las dificultades: jóvenes que sean caballeros fascinados por el cumplimiento del deber; jóvenes cuya alma y cuyo cuerpo sean fuertes como el acero, rectos como la verdad, luminosos como un rayo de sol y nítidos como el riachuelo de los montes.
Quiere estudiantes de carácter en un tiempo en que pululan los estudiantes de alma quebrada, sin trabas; estudiantes que no sienten interés por ningún problema espiritual; cuya única preocupación es cómo hacer una jugada al profesor, cómo evitar un día al estudio, saber quién es la nueva «estrella» de la pantalla y dónde se dan los más agradables bailes. ¡Cuán grande es su número! ¡Y qué pocos los jóvenes de carácter!
Pues bien; este libro quiere demostrar que, a pesar de todo, son estos pocos los que tienen razón. Los otros parecen tan alegres, ¡tan despreocupados! Estos han de surcar con duro trabajo el camino del carácter, y este libro quiere alentarte a que te alistes, a pesar de todo, en la fila de estos últimos, porque sólo así llegarás a una vida digna del hombre.
Es la voluntad la que hace al hombre grande o pequeño digo yo también con Schiller: Den Menschen macht sein Wille, groß und klein 3 .
Y sostengo con el Barón de Eötvös, el gran pensador húngaro: «El valor real del hombre no depende de la fuerza de su entendimiento, sino de su voluntad. Quien esté desprovisto de ella no hará sino debilitarse con las grandes dotes intelectuales; y no hay criatura más desgraciada, y algunas veces más infame, en el mundo que una gran inteligencia a la que no corresponde el carácter».
En la primavera, el campesino sale a mirar su campo y queda absorto en la contemplación de los surcos silenciosos. Como si preguntara: «¡Tierra mía! ¿Qué me darás hogaño?». Pero la tierra le devuelve la pregunta: «Antes dime tú, ¿qué me darás tú a mí?». Así está también el joven ante la puerta misteriosa de la vida que le espera: «¡Vida! ¿Qué me darás? ¿Qué es lo que me espera?».
Pero la vida le devuelve la pregunta, como la tierra al campesino: «Depende de lo que tú me des. Recibirás tanto cuanto trabajes, y recogerás las mieses de lo que hayas sembrado».
El joven de carácter quiere dar a conocer los medios de esta labor autoeducativa. Cuidado, hijo mío, no te engañes. El libro tan sólo descubre los enemigos que acechan, sólo llama la atención sobre los peligros, sólo muestra los medios, pero no ocupa tu puesto en la lucha. La lucha, si quieres llegar a ser «joven de carácter», has de librarla tú mismo.
Verás por propia experiencia que el camino del carácter no es tan llano. Al andarlo, sentirás muchas veces qué voluntad más robusta se requiere para guerrear de continuo contra nuestras faltas, pequeñas y grandes, y para no hacer las paces nunca con ellas.
Pero sea como fuere... ¡Yo quiero, quiero!
¿Qué quiero?
Quiero hacerme dueño de mis sentidos y de mis sentimientos.
Quiero poner orden en mis pensamientos.
Quiero pensar antes y sólo hablar después.
Quiero tomar consejo antes de obrar.
Quiero aprender del pasado, pensar en el porvenir, y para esto hacer fructificar el presente.
Quiero trabajar con alma y vida, padecer sin palabra de queja, vivir siempre sin claudicaciones, y un día –con la esperanza de la bienaventuranza eterna– morir con tranquilidad.
¿Hay programa de vida más sublime? ¿Hay otro fin por cuya realización valga más vivir? Ojalá que este libro ayude a muchos jóvenes en la tarea elevada: en la formación del carácter.
3. La muerte de Wallenstein.
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