2. LA VERDAD Y SU CONOCIMIENTO
2.5. LO QUE LA VERDAD EXIGE
Podemos seguir sacando conclusiones respecto a la verdad y nuestro modo de alcanzarla:
A. La verdad requiere esfuerzo.
Las cosas más luminosas son más difíciles de captar. Pretender que la realidad esté patente ante nosotros de modo total e inmediato supone un fuerte desprecio a la verdad. La superficialidad lleva a considerar las sombras como si fueran la realidad y lo único real. Existen muchas maneras de ser superficial. Superficial es considerar que se puede hablar y opinar sobre cualquier tema, aun siendo un ignorante en la materia, con igual derecho que quien realmente sabe (algunas tertulias radiofónicas y televisivas en las que con frecuencia se opina sobre cualquier cosa, sin haber dedicado ni un minuto de estudio o reflexión sobre el asunto). Es superficial también la pretensión de que se expliquen ciertas cuestiones “en un minuto”. Es superficial una persona que se queda únicamente en la primera impresión de las cosas, que se queda sólo en el “chismorreo” de lo real, por lo que no intenta llegar a la “verdad de las cosas”, que no está dispuesta a realizar el esfuerzo de ascender en el saber, en la amistad, etc.
Una manera especial de ser superficial es confundir la verdad con la “erudición”, el saber con el acumular datos. Esto es un peligro especial hoy en día, pues tenemos a nuestra disposición una avalancha inconmensurable de datos, a nuestro alcance sin ningún esfuerzo. No dejamos, por otro lado de recibir cantidades ingentes de información. Precisamente la visión profunda o ascendente de las cosas es la del sabio, la de la ciencia, que saben hallar una vinculación unitaria a un gran número de fenómenos dispersos
B. La verdad supone humildad.
Porque la realidad no se me abre de modo inmediato y total, y porque se trata de un largo ascenso (inacabable), es por lo que no me puedo considerar poseedor total de la verdad: el “sólo sé que no sé nada” es lo propio de los sabios, pues se dan cuenta de la gran riqueza de lo real, del largo trecho que aún les queda por recorrer. Por el contrario, de la ignorancia se dice que es arrogante. Me refiero a la humildad de saber que la verdad no depende de mí, sino que he de abrir los ojos a la realidad: la realidad es la “piedra de toque de la verdad”. Esto ha de generar un espíritu crítico que lleva no a rechazar las cosas sin más, sino a poner las ideas y los conocimientos ante lo real. Esa actitud de acudir a lo real (y no a mis intereses o a lo que me conviene, o a mi incuria o pereza) lleva a saber rectificar: “rectificar es de sabios” se dice. A quien es verdaderamente sabio, no le duele ni le humilla rectificar: descubrir un error es un paso más en el ascenso, por lo que sólo cabe gratitud ante quien le hace caer en la cuenta de él. Forma parte de esta humildad el dejarse ayudar: saber escuchar, dejar aconsejarse. Es difícil realizar la ascensión sin ayuda.
C. El amor a la verdad: la verdad como aventura
La búsqueda de la verdad es como una aventura. Como al héroe, la verdad le llama –le interesa- y le saca de la monotonía en la que tal vez vivía. Esta llamada suele ser un “deslumbramiento”, lo que hemos llamado también admiración, ahora en los dos sentidos del término 6 . El ignorante no es capaz de asombro alguno, y el cobarde no es capaz de salir de su rutina (de eso habla también Platón, refiriéndose a los que se quedan en la cueva). Hay quienes no son capaces de interesarse por la verdad, como aquellos que no consideran que valga la pena la empresa aventurera.
Esta capacidad de interesarse es una capacidad de “amar la verdad”. De hecho, verdad y amor se ilustran mutuamente: en un enamoramiento existe también un “deslumbrarse”, y precisamente se anuncia un proyecto en común con otra persona. El enamoramiento me descubre una verdad sobre mí mismo, me señala un camino de verdadera realización o perfeccionamiento personal. No puedo caminar tampoco hacia la verdad si no me interesa, si no la amo de alguna forma.
Este amor a la verdad se manifestará también en respeto, en no manipularla, no supeditarla a mis intereses, etc.
Hemos hablado antes de verdades teóricas y verdades prácticas. En ambos casos se puede aplicar, como hemos visto a propósito del amor, el esquema de la verdad como deslumbramiento, como ascenso y como luz. Un ejemplo de verdad teórica puede ser el descubrimiento, la comprensión de un teorema matemático. De hecho es frecuente que utilicemos el verbo “ver” para referirnos a su captación: “ya lo he visto” o “¿no lo ves?” Incluso se puede decir que ese “ver” va acompañado de una cierta emoción, una satisfacción especial.
Existen otras verdades que nos “deslumbran”, también en el orden práctico. Uno de ellos es el amor, tal y como hemos señalado (se puede hablar de amor como deslumbramiento y ascensión 7 ). Estas verdades suponen una transformación: desde el enamoramiento al encuentro con Dios, o el encuentro con una persona o una misión que nos deslumbran nos llevan a una transformación más radical que la de hallar una verdad meramente teórica.
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6. Admirar a alguien y admirarse de algo.
7. El amor como deslumbramiento, como algo que a uno “le pasa”, corresponde al primer momento, a lo que suele llamarse “enamoramiento”: ahí se descubre una posibilidad. Pero el amor propiamente dicho no es sólo eso, sino que implica una ascensión, con el esfuerzo que conlleva. Y ahí entra de lleno la libertad. No tener en cuenta estos dos aspectos puede dar una imagen muy falsa del amor, como ocurre con frecuencia en muchas películas, en las que amor se reduce a enamoramiento.
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