2. LA VERDAD Y SU CONOCIMIENTO
2.4 EL ERROR Y LA CERTEZA
¿Qué cabe entonces con respecto a la certeza o a la seguridad de poseer la verdad? Hemos desechado el relativismo y el escepticismo, pues son posturas que encierran, más o menos claramente, una contradicción. Pero ¿podemos llegar a tener una certeza infinita de todo cuanto conocemos? Tal y como hemos visto a propósito del intento de Descartes, existen verdades de las que puedo tener esa certeza; pero pretender que todos nuestros conocimientos sean igualmente ciertos no deja de ser una ilusión, o un prejuicio.
Precisamente, si hay algo que deja claro y cierto el empeño por la “certeza infinita” es el hecho de que no todo puede ser igualmente evidente y seguro. Así lo demuestran los intentos en falso de estos siglos: no aceptamos el razonamiento del tipo “o todo o nada”.
Parece que estamos de nuevo en el comienzo de nuestra pregunta: ¿De qué podemos estar seguros? Estamos preguntándonos no tanto por la verdad sino por la certeza, esto es, la seguridad que se puede tener en la posesión de la verdad. ¿De qué depende que algo nos sea evidente o no? Podemos reflexionar usando uno de los ejemplos más célebres de la historia de la Filosofía: el Mito de la caverna, de Platón 5 . Imagina Platón a unas personas que, desde pequeñas, hubieran estado encadenadas en el fondo de una gruta, sin poder moverse en absoluto, de tal manera que lo único que veían era una de sus paredes. Por detrás de ellos había un gran fuego que iluminaba el lugar, por el que pasaban personas portando objetos: las sombras de estos objetos se proyectaban en el fondo de la gruta, aunque a los que los portaban no los veían por existir un biombo o una pequeña pared de la altura de una persona. Esos encadenados –dice Platón- pensarían tal vez que la única realidad es la que ellos conocen, es decir, sombras (que, al fin y al cabo, son algo real).
Supongamos que se desencadena a uno de esos prisioneros y se le obliga a ascender de golpe hasta el exterior, cuando el día está en su plenitud. ¿Qué verá? Absolutamente nada, pues se quedará cegado: no es capaz de captar nada del exterior. Será preciso realizar un acostumbramiento, y salir en un primer momento de noche, mirando únicamente al suelo, y más tarde tratar de ver objetos poco luminosos, hasta que por último pueda mirar la luna.
Después podrá salir de día, y mirar nuevamente los objetos menos luminosos, hasta que pueda caminar a plena luz del día, y mirar de hito en hito al sol. Si a ese hombre se le preguntara por su experiencia pasada, indudablemente no tendría ninguna duda de que antes estaba en un error cuando consideraba que era toda la realidad no era más que aquellas oscuras sombras de objetos que se proyectaban en la pared, y probablemente no tendría ningún interés en retornar a su antigua situación, para vivir como una sombra. Este alegoría puede aplicarse a diversas cuestiones (el uso exacto que hace Platón de ella ahora no nos interesa). Vamos a intentar utilizarla para el problema que tenemos entre manos: el de la verdad y la certeza.
¿Qué permite al protagonista salir de su error? ¿De qué depende que algo sea o no evidente? Siguiendo el ejemplo platónico se debe a que existen objetos más o menos luminosos, pero también depende de la condición del sujeto para captarlos. La primera vez que el liberado sale de la caverna, se encuentra con una realidad muy luminosa, pero no puede verla. Ha de haber una cierta armonía o concordancia entre la realidad y la capacidad que tiene el sujeto de conocerla.
Esto nos indica:
- el carácter luminoso de lo real: la realidad es inteligible (posee un orden que podemos captar).
- la capacidad del hombre de captar lo real, que es progresiva (ascendente). Aunque el hombre pueda llegar a conocer todo lo real, no lo hace de modo inmediato. Si no está preparado para entender cierto tipo de realidades, puede quedar cegado por la excesiva luz
- La certeza es la experiencia de la evidencia: la realidad que se hace patente a nuestros ojos cuando están preparados para captarla.
- La experiencia del error, darnos cuenta de él es otra manera de vivir la experiencia de la verdad.
Algo resulta evidente en la medida en que se muestra al sujeto con suma claridad (una realidad evidente es una realidad patente, es decir, manifiesta al conocimiento). Pero no siempre lo más claro es lo más evidente: un teorema matemático puede resultar muy evidente para quien sepa matemáticas, pero deslumbra al que no sabe, pues no está capacitado para captar esa realidad. De alguna forma, el conocimiento humano es como el preso del mito de la caverna: hemos de ir capacitando nuestra inteligencia para entender las cosas.
Y esto con una idea clara: entender es abrirse a lo real, dejar que la realidad se nos manifieste, capacitarnos para captarla. No podemos pretender que sea la realidad la que haya de amoldarse a nuestro pensamiento. Para conocer la verdad, hemos de tener esa preocupación: ir a la realidad, abrir los ojos
Este proceso ascendente nos recuerda varias cosas. En primer lugar, una que ya hemos visto: no todos los objetos pueden ser igualmente evidentes (no podemos pretender la evidencia absoluta), pues hay realidades que pueden ser difícilmente accesibles, porque no todos los objetos son igualmente luminosos ni estamos siempre en la situación mejor para contemplarlos o no tenemos las suficientes capacidades.
Además, el conocimiento es progresivo, no capto todo de golpe, sino que, al igual que el cautivo, he de ir ascendiendo poco a poco. Este “ascenso” lo podemos aplicar también a la manera que tenemos de acercarnos a una parte de lo real (conocimiento de una ciencia o de una materia cualquiera). El conocimiento que tenemos es progresivo y, por tanto, parcial. La realidad encierra una riqueza, una inteligibilidad, que no podemos agotar. De ahí que en muchas ocasiones una cuestión pueda abordarse desde varios puntos de vista, pues ninguno de ellos abarca por completo el problema.
Todos estos casos los podemos ejemplificar con lo que ocurre a la hora de diagnosticar ciertas enfermedades. Al hacer el estudio del enfermo, la preocupación del médico es la de situarse de la mejor forma posible ante lo real, lo cual no siempre es fácil: no puede observar las cosas como a él le gustaría (donde se ven bien las cosas es en la autopsia; pero eso es ya tarea de los médicos forenses).
Puede suceder que varios médicos discutan sobre cuál es el diagnóstico adecuado o qué tratamiento ha de seguirse ante determinada enfermedad. ¿Esa discusión indica la imposibilidad de alcanzar la verdad? Confirma, más bien, que la verdad no siempre es fácil de alcanzar.
Pero, como ya hemos indicado, los médicos están bien seguros de que existe una verdad, un diagnóstico que es el verdadero (si no fuera así, carecería de sentido discutir). El hecho de que una vez alcanzado puedan discutir también sobre cuál sea el mejor tratamiento, y que incluso haya varios tratamientos posibles es algo frecuente en las verdades de tipo práctico (las que responden a “qué debo hacer ahora”): con frecuencia no hay una única manera de obrar “verdadera”, sino varias, cada una con sus ventajas y sus inconvenientes. Esto no es relativismo, pues los médicos tienen bien claro que existen algunos tratamientos que son claramente equivocados (saber que algo es falso es conocer la verdad, es saber algo de cómo es la realidad).
También puede ocurrir que un médico se dé cuenta de que la realidad “le supera” de momento: que ha de mejorar su capacitación, estudiar más, realizar investigaciones, etc. para “no quedarse ciego” ante la verdad.
¿Cómo puedo, entonces, estar seguro de algo? El encuentro con la verdad es una experiencia, y como tal tiene algo de incomunicable: aunque se puede animar a otros a abrir los ojos ante la misma realidad y compartir de ese modo la experiencia ante la verdad. ¿No cabe el error? Indudablemente, tal y como sucede al protagonista del mito. La certeza que tiene una vez que ha salido de la cueva y se ha acostumbrado a la luz es muy grande. Ahí la realidad es evidente (es algo patente) y se está en condiciones de captarla. Y precisamente entonces resulta clarísima la diferencia entre el error pasado (las sombras de la cueva) y la realidad presente; por eso se dice que el error, nuestra experiencia de haber estado en el error, más que una prueba en contra de nuestra capacidad de llegar a la verdad es un argumento a favor de nuestra capacidad de captarla. Si no tuviéramos esa capacidad de captar la verdad no seríamos capaces de darnos cuenta de que hemos estado equivocados. Si nos damos cuenta del error es porque captamos la verdad.
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5. Platón solía utilizar numerosos mitos o ejemplos alegóricos para ilustrar sus teorías.
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