2. LA VERDAD Y SU CONOCIMIENTO (I)
2.1 ¿A QUÉ NOS REFERIMOS CON “ VERDAD ”?
Resulta de lo más difícil hablar hoy en día de la verdad. En los periódicos, en los debates, en las “tertulias radiofónicas” cualquiera puede decir o defender cualquier postura, puede aportar cualquier interpretación de la realidad o de los hechos con una única condición: que no prentenda tener la verdad. Se puede decir lo que se quiera, siempre y cuando no se tenga la peregrina pretensión de que eso sea considerado verdadero. Se ve eso como un peligro, pues que alguien tuviera la verdad implicaría que los demás no la tienen, hecho que es tenido como poco democrático y contrario a la libertad de expresión, etc.
Además, se corre otro gran peligro: si uno considera que tiene la verdad, tarde o temprano vendrá a nosotros con la pretensión de imponérnosla, normalmente de modo violento. Los fanáticos son aquellos –tal y como se considera en la sociedad actual- que están convencidos de que sus ideas son las verdaderas y de que los demás están en el error; error del que hay que sacarles, por las buenas o –lo que es más frecuente- por las malas.
¿Qué significa, exactamente, verdad? Podemos intentar analizar el significado de este término, tomando pie en una de esas discusiones en las que dos personas pretenden tener la verdad en un asunto que les resulta importante porque afecta a algo en lo que están auténticamente comprometidos: una discusión futbolística, por ejemplo. Supongamos que la disputa trata sobre si determinada jugada fue o no fue gol, si hubo o no hubo fuera de juego. ¿Qué cosas hay latentes en esta discusión, además del hecho de que los dos protagonistas son seguidores de equipos distintos y, posiblemente, no muy bien avenidos? Por un lado, es claro que existe una discrepancia, que ambos mantienen posturas contrarias, y tal vez pueden acabar la discusión sin haber alcanzado ningún acuerdo. Pero suponiendo que sigan discutiendo durante más días (y sin llegar a las manos), podríamos preguntarnos ¿por qué discuten? Uno y otro van dando argumentos a favor de sus respectivas visiones de la jugada: se ofrecen nuevas tomas televisivas, se consulta el reglamento de fútbol, se recurre a opiniones de expertos...
Una situación de este tipo no se podría zanjar con la intervención de alguien que dijera algo así como: bien, ¿tú crees que lo tuyo es cierto? De acuerdo, no hay problema, esa es “tu verdad”. Y que dijera lo mismo al otro, concluyendo que “eso es verdad para ti y eso otro es verdad para ti. Cada uno tenéis vuestra verdad. ¿Qué más queréis?”
Y es que hay una cosa que está latente en toda discusión, en todo diálogo: que es posible llegar a un acuerdo. Es decir, que o bien tú me convences de lo tuyo o que yo te convenzo de lo mío. Si no fuera así, no habría diálogo alguno.
Podría haber violencia (que con frecuencia aparece si se pierde esa esperanza de alcanzar un conocimiento verdadero), llegando a la agresión física o a los insultos. Pero siempre que se discute, existe esta convicción: te puedo demostrar que yo tengo razón. ¿Qué quiero decir con eso? Pues que en realidad, las cosas son como yo digo que fueron. El jugador estaba en fuera de juego: no porque yo lo diga, sino que al ser eso lo que pasó, al ser esa la realidad, cualquiera lo puede llegar a conocer. Por eso doy diversas pruebas, y animo al otro interlocutor a que vaya a la realidad: “mira la repetición de la jugada”. Y, como puede ocurrir que no se perciba bien, o que se vea con dificultad, hay que dar pruebas indirectas: “compara su posición con la de aquel jugador, escucha lo que dicen los que lo vieron”, etc.
Por eso se dice que la verdad es la adecuación del entendimiento y la realidad: algo es verdadero cuando mi manera de entenderlo coincide con la realidad. En el ejemplo visto, si yo juzgo como fuera de juego lo que realmente lo fue.
El que algo sea verdad implica una característica: algo es verdadero porque es real, es decir, independientemente del hecho de que yo lo conozca o no. Al ser algo de la realidad, la verdad puede ser conocida como tal por cualquiera que se acerque a ella. Un observador con los suficientes datos y con los conocimientos futbolísticos necesarios debe descubrir que hubo fuera de juego. Por eso, cuando defendemos que algo es verdad, eso significa que tiene una cierta universalidad, es decir, que puede ser conocido por todo el mundo, que cualquiera lo puede conocer, o que cualquiera lo hubiera conocido de esa manera si hubiera estado en nuestra situación.
Un supuesto que tiene esta idea es que la realidad es inteligible, esto es, que puede ser conocida por la inteligencia. La realidad es inteligible porque tiene un cierto orden, y ese orden puede ser captado por la inteligencia.
Hoy en día no es extraño que discrepancias de este tipo sean utilizadas para mostrar la imposibilidad absoluta de alcanzar la verdad. Puesto que discuten y mantienen opiniones encontradas (opuestas) sobre una misma cosa, “es claro –podría argüir el “conciliador”- que ninguno de los dos vais a llegar a “la verdad”. Se puede decir que ambos tenéis razón”. Y no sería de extrañar que recurriera como fuerza de su argumentación a los archicitados versos de “nada es verdad ni es mentira. Todo es según el color del cristal con que se mira”. Y parece que con eso ya están resueltos todos los problemas.
Pero curiosamente, la actitud de nuestro “conciliador”, es muy parecida a la del visitante que entra en un manicomio y va dando la razón a todos y cada uno de los inquilinos: “yo soy Napoleón, ¿verdad?” “sí claro”. “Para usted –podría decir-, sí que es Napoleón”. Y podría continuar dando la razón a todos y a cada uno de los personajes con los que se topara. Un manicomio es un mundo de “verdades para ellos”, que viene a ser lo mismo que decir que no existe ninguna verdad, pues se está convencido de que no existe ninguna relación entre ese conocimiento y la realidad. De hecho, si se encontrara en ese mismo manicomio a un personaje que asegurara que es el auténtico ministro de Hacienda, y que es a él a quien debe pagarle los impuestos de ese año... no parece muy probable que tomara muy en serio la advertencia.
Esta visión del mundo como manicomio es, de alguna forma, la que mantiene el relativismo: las verdades no pueden ser universales, pues cada uno de los sujetos la conoce de una manera. No hay, pues, posibilidad de conocer lo real. El término relativismo significa, por tanto, subjetivismo: sólo existen verdades subjetivas, para mí (sea yo sólo uno, o una época histórica o una determinada sociedad o cultura, etc.). Pero, como hemos visto, hablar de verdades subjetivas es tanto como hablar de un mundo de locos o de un mundo en el que no existe ninguna verdad. Siempre que defendemos que algo es verdad, lo que precisamente estamos defendiendo es que no es verdad para mí, sino que es verdad en sí, y por tanto para mí y para cualquiera que lo pueda comprobar en la realidad. Sería absurdo hacer afirmaciones tales como
- Es verdad para mí que yo he aprobado la asignatura de Cálculo de 1o.
- ¿Y qué dice el profesor, o qué pone en las actas?
- Realmente, lo que digan no me importa: es verdadero para mí, y eso me basta.
Esto no sería lo mismo que afirmar que yo estoy seguro de que realmente he aprobado la asignatura. En ningún caso podría tolerar que se pusiera en duda, pues es algo que puede ser conocido por todos: basta con ver la nota del examen, las actas, hablar con el profesor... Por supuesto, puedo estar en el error, pero que pueda salir de él -por ejemplo, porque me enseñan la nota de mi examen- es una prueba más de que el concepto de “verdad para mí” no tiene sentido.
Que la verdad sea la adecuación entre el entendimiento y la realidad indica, por tanto, que algo es verdadero porque es o fue real y no porque yo lo conozca así. Esto no quiere decir que no haya verdades relativas, es decir, verdades que dependen de un punto de referencia. 1 Por ejemplo, cuando yo digo que a la derecha hay algo, es una afirmación relativa: el punto de referencia soy yo. Pero que esto esté a mi derecha es algo relativo, pero en modo alguno es algo subjetivo. Si consideráramos eso al modo relativista, diciendo que eso depende de nuestro modo de conocer, tarde o temprano acabaríamos teniendo algún problema de tráfico.
Las posturas relativistas son, por tanto, aquellas que sostienen que no podemos alcanzar ninguna verdad que no sea subjetiva, lo cual es equivalente a negar el concepto mismo de verdad. Relativismos los hay de muy diversa índole: se afirma que no podemos alcanzar la verdad porque, a fin de cuentas, todo nuestro modo de conocer está condicionado por la época histórica en la que vivimos, por la clase social a la que pertenecemos, por la constitución de nuestro cerebro, por la educación recibida, por...
Aunque esté muy en boga ser relativista, sin embargo se trata de una postura que es difícil defender cuando se reflexiona sobre ella, pues todo relativismo encierra en sí una contradicción. Sucede que si todo nuestro conocimiento es relativo, entonces este mismo conocimiento (el relativismo) también es relativo. Si podemos afirmar que todo nuestro conocimiento es relativo, que está condicionado por tales o cuales circunstancias, entonces al menos este conocimiento no es relativo o bien se puede decir que si el relativismo es verdadero entonces es tan falso como cualquier otra teoría. Si decimos, por ejemplo, que todo el modo de conocer está condicionado por las condiciones económicas en las que vivimos, entonces esta misma afirmación también estaría condicionada por las condiciones económicas en las que vivimos, y por tanto sería tan falsa como cualquier otra.
Por otra parte, ser relativista en la práctica es algo que tampoco es especialmente sencillo, al menos si somos relativistas consecuentes: si alguien está convencido de que ha de echar gasolina a un coche diesel, procuraremos sacarle de lo que consideramos un error, y no se nos ocurrirá decir que esa es “su verdad”. Del mismo modo, nos molestaría que no nos advirtieran de errores parecidos, si estuviéramos en el caso del “equivocado”.
Podemos pensar qué ocurriría si estuviéramos convencidos de que ese examen tan importante iba a ser la semana que viene, cuando en realidad el día previsto es mañana: sería una faena que nuestros amigos se dieran cuenta de nuestro error y no nos lo hicieran saber. En ese caso, podríamos discutir sobre cuál es la verdadera fecha del examen, ir a comprobarlo al calendario oficial de exámenes, preguntar a alguien de quien estemos seguros... Probablemente no sea tarea imposible salir de esa equivocación o hacer ver a nuestro amigo que el equivocado era él. Una vez más vemos que no es lo mismo que la verdad sea difícil de conocer que el hecho de que no podamos conocer la verdad.
Ahora bien, con frecuencia sucede que el relativismo se plantea únicamente en cuestiones de conducta, cuando el sujeto no está dispuesto a rectificar su modo de obrar. En esos casos se prefiere afirmar que no hay verdadero conocimiento, que no hay seguridad, o incluso se manipula la realidad.
Siguiendo con el caso del examen, podríamos pensar qué ocurriría si esa misma tarde tuviéramos ya concertado algún plan que realmente nos interesara: probablemente nos costaría mucho más aceptar cualquier testimonio que nos llevara a modificar nuestros planes. En esta situación habría quienes dijeran: me da igual si suspendo el examen; yo no me pierdo mi partido de fútbol, o mi entrada para el concierto de la Filarmónica de Berlín, o mi plan en “Danzaplus”. Otros, en cambio, no razonarán de esa manera, sino que optarán por decir que “estás equivocado”, “tú qué sabrás”, “esa es tu opinión”, etc. ¿Cuál de las dos es la mejor postura? Estos últimos son personas que parecen tener una cierta coherencia con su modo de pensar, mientras que los primeros son unos verdaderos sinvergüenzas (¡a quién se le ocurre irse de diversión en vísperas de tan importante examen!). Puestos a elegir entre ambos, habría que hacer un “elogio de los grandes sinvergüenzas” 2 , de los que no manipulan la verdad para adaptarla a su conducta. Entre otras cosas, porque los que no manipulan la realidad, aún están a tiempo de rectificar su conducta, mientras que los otros, difícilmente salen de las redes de su error, tejidas por sus propios intereses.
Esta pequeña digresión sobre la coherencia y la incoherencia nos muestra también que existen verdades de distinto tipo. En concreto, podemos hablar de razonamientos teóricos y razonamientos prácticos. Estos últimos no son las verdades de los ingenieros, que pueden ser aplicadas para múltiples trastos, a cual más útil. Un razonamiento práctico es aquel que se refiere a mi modo de obrar, aquel que versa sobre qué debo hacer.
Si estudio cuál es el mejor tipo de neumático para mi coche, digamos que ese razonamiento implica conocer las características del coche y las de los neumáticos, y en ambos casos tenemos claro el fin, el para qué: por eso no es lo mismo que el coche vaya a correr un rally o que lo quiera utilizar para ir al trabajo por una atascada carretera. Pero cuando me pregunto qué he de hacer en un determinado momento, si es bueno que yo estudie ahora o no, evidentemente, es un razonamiento de muy distinto tipo que el anterior, pues soy yo el implicado.
Hemos dicho que para juzgar si tales neumáticos son los convenientes para el coche, hemos de saber cuál es el fin que se persigue con el coche. Pues de la misma manera, para saber si tal actividad es conveniente para mí, lo que hacemos en un razonamiento práctico es ver si se adapta o no al fin que yo persigo en la vida. Si el fin último de mi conducta es pasármelo bien, difícilmente encontraremos como conveniente para mí ponerme a estudiar (salvo que necesite ese estudio para obtener lo necesario para seguir pasándomelo bien), o no se me pasará por la cabeza la idea de dedicar mi tiempo o mi dinero a una actividad solidaria. Es más, en muchos casos sucederá que “no veremos por qué” no podemos hacer esto o lo otro.
Por eso se dice que para entender lo que tenemos que hacer hemos de serlo antes: para entender que tengo que estudiar, en cierto modo tengo que ser trabajador.
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1. Es interesante darse cuenta de la etimología de relativo: del verbo latino re-fero, cuyo supino es re-latum. Son, pues, dos formas del mismo verbo, por lo que algo relativo es algo que tiene un punto de referencia.
2. “Elogio de los grandes sinvergüenzas” es el título de uno de los artículos –breve, profundo y muy divertido- de J. Choza en “La supresión del pudor y otros ensayos”. De ahí salen estas ideas.
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