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20 abr 2018

EL JOVEN DE CARÁCTER - MONS. TIHAMER TOTH

AL JOVEN LECTOR

Hijo mío: Junto a mi escritorio muchas veces hay estudiantes sentados a mi lado. Al inaugurarse el curso empiezan las visitas de los muchachos. Los nuevos llaman a mi puerta con recelo; los de antiguo conocidos, con alegría más confiada.

Se sientan junto a mi mesa y, en la desnudez de mi cuarto silencioso, me abren el reino, lleno de riquezas, de un alma joven, guardado antes por mil cerrojos.

Al exponerme sus pequeñas penas, que para ellos parecen terriblemente aplastantes; al escuchar yo las quejas de sus innumerables y pequeños dolores, que para ellos resultan en extremo serios; al colocar en la palma de mi mano su alma joven con sus tempestades, con sus profundos problemas; y al decirme después ellos, con ansiosa sed en sus ojos abiertos: dadme un consejo, ¿qué he de hacer?, entonces en estos momentos inspirados, he aprendido yo, que el alma de cada joven es una mina de diamantes, inagotable; una promesa, en que late un desarrollo inconmensurable. Ayudarles en su formación resulta para los hombres ya maduros, no sólo un deber santo, sino hasta un honor excelso.

Quienes no tratan la juventud, no sospechan siquiera cuántas dudas, cuántos tormentos, cuántos tropiezos –quizá hasta la caída definitiva– puede llevar consigo el hervor de vuestras almas, y cuánto necesita vuestra frágil navecilla sentir, en las tempestades que levanta la primavera de la vida, la dirección de una mano vigorosa que empuñe el timón.

Y cuando en estas ocasiones he querido infundiros fuerza para la lucha, apaciguar vuestra alma alborotada, daros consejo en la duda, y tenderos una mano fuerte para ayudaros a salir del doloroso trance, me ha parecido que no sólo estaba sentado ante mi uno de mis estudiantes, sino que buscaban mi alma los ojos de miles y miles de jóvenes, de todas aquellos que están luchando con idénticos problemas serios, pero no tienen, quizá, a nadie a quien pedir respuesta, consuelo, consejo y dirección, y de esta suerte han de librar solos los duros combates de sus años de juventud. Así nacieron estos libros. Así es como me vino su idea.

Sé muy bien que la letra impresa, la letra muerta, mengua mucho la eficacia de la palabra hablada; pero no será, quizá, completamente inútil componer algunos libros para tu uso, reuniendo los pensamientos que suelo tratar con mis estudiantes.

No sé cómo te llamas. No sé qué colegio frecuentas: instituto, escuela de comercio, escuela normal, escuela de artes y oficios..., o quizá ya la Universidad. Tan sólo sé una cosa: que eres estudiante, que en tu alma llevas el porvenir de tu nación, y que tienes problemas serios; y resolver tus dudas es la obligación más santa que nos incumbe a nosotros.

Porque no hay en la vida deber más sublime que dar a beber de la fuente eterna de la verdad a las almas sedientas. No existe mérito mayor ante la Humanidad, ni hay nada más grato a Dios como librar de la perdición una sola alma joven, que es la mayor esperanza de la patria y el «templo vivo» de Dios.

Todas las líneas de este libro fuéronme dictadas por el amor que profeso a tu alma y por la convicción de que es un deber imperioso llenar a un alma joven de nobles ideales. Este amor merece que tú también medites con seriedad lo que lees en estos libros; y si hay algo que no comprendas, si necesitas acaso ulteriores explicaciones, si tienes algunas observaciones que hacer, y principalmente si mis pensamientos te han ayudado a marchar por la senda del bien, escríbeme. Porque el mayor galardón de mis fatigas será el que, mediante estas líneas, haya podido encaminar a un solo joven y prestado fuerzas a una sola alma, para que permanezca, durante su desarrollo, en el sendero recto. Te saluda, aun sin conocerle, y es tuyo.

El Autor.

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